“…cuando era niña,
y conocí el Estadio Azteca,
me quedé dura, me aplastó ver al gigante,
de grande me volvió a pasar lo mismo…”
me quedé dura, me aplastó ver al gigante,
de grande me volvió a pasar lo mismo…”
Hace muchos años que no iba al Coloso de Santa Úrsula, mismos años sin ver un partido en vivo y a todo color del TRI y vaya que valió la pena. Acompañada de mi familia, llegamos a las 3 de la tarde para presenciar la semifinal y la final de la Copa del Mundo Sub 17.
Desde mi llegada al Estadio Azteca, observé a muchos aficionados con vendas puestas en la cabeza en honor a Jesús Gómez, algunos la traían de su casa y otros más como mi padre, la compraban con el nombre del jugador grabado en ella; por supuesto no faltaron las cornetas, las playeras de la selección Mexicana, las banderas con el Escudo Nacional, las caras pintadas con los colores patrios, los sombreros en forma de balón, de arlequín y más, miles de souvenirs para comprar y portar durante los partidos.
El primer partido, Brasil vs Alemania nos sirvió para calentar motores, gritábamos, hacíamos olas; la afición se inclinaba por Brasil y por un momento se pensó que sería el tercer lugar pero no, el marcador final fue a favor de Alemania 4 goles vs 3 anotaciones de Brasil. Dieron las 6 de la tarde y comenzó el partido que realmente nos interesaba, México vs Uruguay.
Terminó el primer partido y aún faltaba una hora para la final, los rostros se empezaban a notar cansados, fastidiados pero el tiempo avanzó rápido, el reloj marcaba las 18:00 horas y el partido dio inicio; el primer gol de la noche fue a favor de México en el minuto 33 y lo anotó Antonio Briseño. Llega el medio tiempo y el cielo comienza a oscurecerse por una gran nube negra.
Comienza el segundo tiempo, donde varios intentos de gol de México llegaron y entre que Uruguay apretaba más, cae el segundo gol de nuestra selección nacional hecho por Giovanni Casillas, el festejo fue tal que hasta se me enchinó la piel.
Luego de casi cien minutos de partido, el árbitro lanzaba el silbatazo final, lo que indicaba que México no sólo había ganado 2 tantos a Uruguay, sino que se convertía en bicampeón del mundo. El Azteca se desbordó de festejos, cantos, gritos, emociones y mucha alegría.
Ahora bien, muchos pueden criticar que los que presenciamos esa hermosa final somos unos villamelones y tal vez tengan razón, lo acepto, quizás soy una villamelona, que quiso en la tarde de Domingo ver un partido de futbol junto con su familia, pero no fue cualquiera fue una final mundial de futbol.
Se también que otros tantos por ahí, critican el hecho de que los que asistimos o los que lo vieron en televisión somos personas que nos enajenamos con cosas banales como ésta final y que nos olvidamos de la realidad de nuestro país pero no lo creo, estoy segura que a la mayoría de los mexicanos que estuvimos esta tarde-noche en el Estadio no olvidamos que mañana será otro día, que mañana tendremos que levantarnos temprano para laborar, no creo que se nos olvide que estamos a finales de quincena; que nuestro México está inmerso en una ola de violencia, yo no olvido que hace 3 meses asesinaron a un amigo por resistirse a un asalto…, los que estuvimos ahí no olvidamos nuestras deudas y miles de problemas que llevamos a cuesta, por supuesto que no lo olvidamos, pero fue una noche donde tan sólo disfrutamos un juego de futbol.
Otros más quizás critiquen que fue la selección “peque”, la de tan sólo 17 años, pero esa selección demostró su esfuerzo, su trabajo, su constancia, y lo mejor es que demostró que no sólo se vale soñar sino que los sueños se pueden cumplir, algo que los adultos en ocasiones olvidamos y/o dejamos en el camino, porque nosotros los adultos a veces sólo nos quedamos en los sueños y no los cumplimos.
Felicidades a todos los jóvenes que son parte de la Sub 17, a todo su equipo técnico y a todas las personas que hicieron posible que ellos, ayer Domingo 10 de julio hicieran historia y se coronaran campeones del mundo.




