Txt: Jorge Luis Cortina Montiel.
El pleito entre dueños y jugadores de la NFL ha creado una incertidumbre importante sobre la campaña de 2011. Tras la disolución del sindicato de jugadores (NFLPA por sus siglas en inglés), acaecida el pasado 11 de marzo, la falta de acuerdo para la conformación de un nuevo contrato colectivo derivó en la declaración de un cese total por parte de los empresarios a la cabeza de las 32 franquicias que conforman a la liga.
Ni siquiera ante la intervención de un mediador designado por el gobierno federal de los Estados Unidos sirvió para conseguir acuerdo entre las dos partes. La manzana de la discordia fue, según reportes de la cadena NFL Network, la repartición de los más de 9 mil millones de dólares en ganancias conseguidos durante la última década de desarrollo del futbol americano profesional, sin duda la más exitosa de los últimos 30 años.
Asimismo, se habló del desacuerdo manifiesto por el NFLPA respecto de la posibilidad de que los dueños aprobaran el aumento de partidos para la campaña regular de 16 a 18 encuentros. Añádase también la falta de consenso en el tope salarial que tendría la liga a partir de 2011, puesto que, por una parte, los jugadores pedían el aumento de sus prestaciones y salarios, cosa que los dueños parecieron reticentes a conceder.
Todo esto derivó en la inmediata demanda ante tribunales de jugadores como Peyton Manning, Drew Brees y Tom Brady (todos quarterbacks) contra la liga, alegando “daños irreparables” a los futbolistas ante la decisión unilateral de cerrar su fuente de trabajo. Por supuesto, detrás de esto se encuentra un interés por el mantenimiento de los patrocinios de los que goza cada uno de los mariscales de campo, quienes ante la posibilidad de no ver actividad en 2011 podrían perder la mayor parte de los mismos.
Una audiencia sobre el tema está programada para celebrarse el próximo 6 de abril dentro de la corte federal de los Estados Unidos en Saint Paul, Minnesota. No obstante, durante los últimos días se han añadido sendas demandas de empleados de los estadios que albergan a los equipos de la NFL, e incluso, una que otra querella de aficionados, los cuales piden a la justicia norteamericana que se respete su “derecho de apartado” para adquirir boletos para la próxima campaña con años de anticipación.
Por ahora, todas las miradas se centrarán en la decisión que la jueza Susan Nelson tomará sobre el caso. Al dar la razón a los jugadores, la autoridad considerará que los dueños incurrieron en “prácticas monopólicas” y, por tanto, obligar a los dueños a reabrir las actividades laborales dentro de la liga. Si por el contrario la enjuiciadora se decanta por el lado de los jugadores, terminará por considerar como ilegítima la disolución del NFLPA, así como la decisión de este gremio de retirarse de las negociaciones mediadas.
De este modo, la guerra de facciones está declarada. Y ante el inicio de las descalificaciones de una y otra parte por la situación actual de la NFL, se teme que ambas partes sean incapaces de pactar una solución satisfactoria que garantice la celebración de la próxima campaña, pactada para iniciar durante el mes de septiembre.
No obstante, dueños y jugadores coinciden en una cosa: no conviene matar a la gallina de los huevos de oro en este instante. La liga goza, como nunca antes, de la preferencia de la audiencia televisiva norteamericana y, por si fuera poco, comienza a expandir su zona de influencia a mercados como el latinoamericano, el británico, alemán, chino y japonés.
En esta esperanza los aficionados y periodistas especializados en la materia se apoyan para esperar lo mejor. Mientras tanto, el inicio de audiencias ante la corte federal norteamericana servirá como primer indicio para conocer qué tan dañadas están las relaciones entre ambas partes, así como la posibilidad de que éstas vuelvan a sentarse ante una mesa de negociación y no ante el estrado de un juzgado.
